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domingo, 15 de marzo de 2015

Hace un año...


Hoy amaneció nublado y con frío acá en Cuajimalpa. Llueve de repente, pero leve. El cielo está cerrado y no se le ve que vaya a abrir en lo que resta del día.
Hace un año, era diferente. El día amaneció soleado y en la casa todos estábamos un poco nerviosos (menos los perros). Bueno, Pilo tenía una semana en la casa y seguía siendo bastante silvestre (a la fecha lo es)



Hace un año nos casamos. Habían pasado 4 meses de preparativos. Todo lo dejé en manos de ella y no por hueva sino porque era su boda. Yo puse mis condiciones: No iglesia y no asquerosos mariachis. De ahí en fuera, todo lo que ella quisiera era válido. Y lo hizo válido. Hasta le prometí que “bailaría” con ella, asumiendo por bailar el mover los pies de un lado para otro tratando de imitar el ritmo de la música.



La sesión fotográfica había comenzado desde la noche anterior, a cargo de la talentosísima Melissa Escárcega. Ese viernes 14 por la noche bebimos, platicamos y, según nosotros, ultimamos detalles. Ya al día siguiente nos dimos cuenta que la lista de invitados y sus mesas estaba hecha con apodos así que mientras peinaban y maquillaban a la flamante novia tuvimos que hacerla nuevamente de manera decente.

Ese día hasta me bañé y peiné. Creo que Coco nunca me había visto tan decente, chequen nomás su cara: 



Todo el previo pasó lento, pero desde el momento en el que salí de casa para irme hacia el jardín donde la ceremonia y la fiesta tendrían lugar, el tiempo voló. Como dato curioso, detuvieron el taxi en el que iba. Yo iba todo mono acá con smoking y le rogaba al señor justicia que nos dejara ir, a lo que él respondió que sólo tomaría unos minutos. Y así fue.

Ceremonia y fiesta pasaron volando como comenté, pero no por ello dejaron de ser divertidos e inolvidables para nosotros. Yo odio las bodas y en mi muy particular punto de vista, todas son iguales. La única manera de ver una boda diferente es (según yo, y después de haber asistido a más de 200 de estas fiestas) siendo uno de los “contrayentes”, ja.
En la escala del 1 al 10, si yo la disfruté 10, Darinka lo hizo hasta el 11. Buen desmadre, buena comida, mucho alcohol, muchos amigos y mucha familia. Al finalizar el festejo, yo con la mente un poco nublada por los tragos me dije “pues sí, sí valió la pena”.



Al día siguiente nos embarcamos en la luna de miel que nos llevó al país vecino del norte y a una paradisiaca isla del Pacífico. Y si estábamos enamorados, nos enamoramos aún más allá.



A un año, aquí seguimos. Claro, hay peleas, hay discusiones, pero también hay comprensión, hay mucho amor, y desde el 11 de febrero, hay algo que nos une más que todas las palabras, que todos los momentos y que todo lo extra que puedan imaginar: Renata.

Por todo lo mencionado pero principalmente por la bebé, tenemos un compromiso aún más fuerte. Con ganas, desvelos y amor, lo cumpliremos porque ella (y el estar casado con Darinka) es lo más chingón de la vida.